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1)    La falacia del muestreo, que es una variante de la paradoja saussureana (la lengua se estudia en el individuo y el habla en la comunidad). En su formulación más común, la falacia encuentra deficiente cualquier muestreo realizado por un investigador, aunque el levantamiento sea amplio, cuidadoso y asociado a una medida de error, mientras que considera válido el acercamiento a una lengua, propia o ajena, a través de un único individuo examinado. Tal modo de ver las cosas dota de cientificidad a procedimientos que son sólo estudios de caso. Por otra parte, es cierto que casi ningún trabajo de lingüística aparece dotado de representatividad en sentido estricto, lo que lleva a tomar con mucha precaución buena parte de lo que sabemos, que suele pertenecer más al terreno de lo razonable que de lo seguro.

 

2)    La falacia cuantitativa consiste en el uso trivial de los datos cuantitativos, empleados como ilustración, fundamentados en muestras poco representativas, focalizados sobre problemas parciales y no dotados de la exhaustividad necesaria. Tiende a otorgar valor a procedimientos estadísticos pobres, escasamente descriptivos y nulamente inferenciales. En ciencias sociales y experimentales no se aceptaría la muy deficiente base cuantitativa de muchos trabajos de lingüística (suponiendo, claro está, que pretendemos hacer algo más que especular e imaginar cómo son las cosas en realidad). Por desgracia, mucho de lo que se hace en lingüística y se presenta como científico simplemente no lo es; en el mejor de los casos, se trata de paráfrasis de los datos.

 

3)    La falacia cualitativa expresa que los argumentos cualitativos son intrínsecamente mejores que los cuantitativos. Este prejuicio carece de sentido. Los argumentos son mejores o peores sólo en la medida en que contribuyen a explicar fracciones más o menos amplias de datos. Un buen ejemplo de la falacia es la apelación a categorías continuas, presentadas como especificaciones cualitativas de hechos complejos (los cuales, por su propia naturaleza, en lingüística o en cualquier otra ciencia, no son categóricos). Tales denominaciones suelen esconder lo poco que se sabe en realidad acerca de unos hechos determinados. De nuevo, los continuos y otras clases de formulaciones pseudocualitativas sólo son muy limitadas paráfrasis sobre los hechos lingüísticos.

 

4)    La falacia funcional ocurre cuando se emplean simultáneamente dos argumentos de signo contrario, como cuando se apela de forma simultánea a la economía del lenguaje y a la adaptación comunicativa. Este tipo de argumentos se esgrimen de manera habitual al estudiar el cambio lingüístico y en ciertas aproximaciones a fragmentos de la gramática. Cuando se apela a la economía, se está diciendo que los sistemas lingüísticos tienden a estar máximamente estructurados. Por otra parte, la adaptación indica que no importa que el lenguaje esté poco estructurado o que infrinja la condición de economía, con tal de que cumpla con los requisitos comunicativos (sea ello lo que fuere). El problema, claro está, es que cuando el lingüista encuentra datos poco estructurados en la gramática o en la evolución de una lengua determinada es porque dominó la comunicación, mientras que si preponderó el orden es debido a la economía. Es decir, siempre hay una manera de explicar los hechos y la hipótesis de un funcionamiento adecuado siempre se cumple. Razonamientos de este tipo terminan siendo, como en otros casos, paráfrasis sobre los datos, y no explicaciones interesantes.

 

5)    La falacia formal consiste en presentar como formalizaciones interesantes lenguajes que en el mejor de los casos son explicitaciones del problema (lo que muchas veces no es poco), pero no debe confundirse, en especial el estudiar un cambio lingüístico, su formulación adecuada con la explicación de sus causas. Puede describirse con sumo cuidado un proceso de cambio fónico en términos, valga el caso, de una alteración del orden jerárquico de las restricciones de fidelidad y de marcación; pero lo que estas restricciones muestran no es mucho más que la explicitación de la posibilidad de que el cambio ocurra, no los motivos de su realidad efectiva.

 

6)    La falacia tipológica supone tomar las generalizaciones tipológicas como inapelables a la hora de construir argumentaciones particulares sobre hechos específicos; el camino de razonamiento debe ser, en todo caso, a la inversa: las tendencias comunes encuentran sustento cuanto más confirmadas sean por el estudio de casos particulares.

 

7)    La falacia de la nuclearidad es muy común entre los círculos de lingüistas. Implica suponer, a priori, que ciertos niveles lingüísticos (por no decir cierta forma de hacer lingüística) son a priori más profundos o penetrantes para entender la naturaleza del lenguaje, tanto en términos universales como particulares y discursivos. Antes de examinar los datos, uno podría pensar que la sintaxis será más resistente a la erosión en una situación de contacto dialectal, diría el argumento, porque la sintaxis forma parte del núcleo “duro” del lenguaje. Tal apriorismo tropieza con los datos empíricos, pues amplios fragmentos de la sintaxis resultan más superficiales que, por ejemplo, la entonación, un proceso en general postléxico. Para el autor de este trabajo, tampoco puede ser un saber indiscutible que las unidades lingüísticas tradicionales sean el núcleo de un trabajo que pretende entender el cambio lingüístico: sin la comunidad de habla, los niveles tradicionales son letra muerta.

 

8)    La falacia de los nuevos mundos debe tomarse con especial cuidado. Implica aceptar que un fenómeno en principio universal es inválido cuando las condiciones son completamente diferentes (por ejemplo, la estratificación lingüística en tiempos pretéritos y actuales, los principios geolingüísticos proyectados en áreas lingüísticas coloniales, etc.). La paradoja, desde luego, es en qué medida el principio de historicidad se enfrenta al de universalidad; es, desde luego, una formulación lingüística de la pugna entre lo relativo y lo absoluto, entre la tendencia científica a segmentar y a generalizar. El problema es que para llevar a cabo inferencias de una situación a otra —procedimiento científico común—, necesitamos suponer cierta homogeneidad entre las situaciones. Una estrategia es partir del conocimiento de las situaciones más accesibles antes de suponer qué puede haber estado ocurriendo en las menos accesibles. Así, el estudio, por ejemplo, de la etapa insular del español americano puede verse iluminado por las situaciones modernas de contacto dialectal. Es necesario diferenciar con toda claridad el nivel de abstracción de los análisis que se esté llevando a cabo, o se corre el riesgo de realizar inferencias inapropiadas.

 

Todos los argumentos falaces se resumen en un principio metodológico general: las paráfrasis no deben confundirse con análisis y menos con explicaciones.

 

PMB