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Dado que ya existen diferentes visiones generales de los rasgos del español mexicano (Lope 1996, Moreno de Alba 1994, Moreno Fernández 2009, Lara 2008, Martín Butragueño en prensa a), la sección se concentra más bien en la discusión reciente de ciertos supuestos generales (infra se presentan de todos modos datos de algunas variables específicas)[1].

            Un problema general a la hora de construir elementos variacionistas suficientes sobre un espacio geográfico y social determinado, en un sentido descriptivo y explicativo, es que los análisis previos disponibles no hayan agotado, ni mucho menos, la tarea que les correspondía en su momento científico. En México, este problema se manifiesta en el hiato surgido entre 1) las monografías dialectales que ya estaban incorporando elementos analíticos de corte social, moviéndose a fin de cuentas dentro del paradigma del Atlas lingüístico de México, que también incluye (programáticamente y en la colecta, pero subutilizados en la publicación) estos elementos sociales, y 2) el desarrollo de un programa empírico variacionista descriptivo, explicativo y crítico, a partir de mediados de los años noventa (por dar una fecha), que retoma y respeta la investigación previa, pero que ha tenido que partir de cimientos muy fragmentarios y llevar a cabo investigaciones básicas que muy bien podrían o deberían haber estado hechas para esas fechas (desde la creación de corpus sociolingüísticos propiamente dichos a la existencia de monografías variacionistas, pasando por la disposición de datos útiles detallados incluso para las variables sociolingüísticas con mayor tradición de estudios). Tal situación, como se comprenderá, tiene más inconvenientes que ventajas, aunque no deja de ser desafiante, en especial si se busca ofrecer una discusión apropiada del espacio histórico ocupado por el español mexicano.

            De hecho, no es aún muy claro ni siquiera qué debemos entender por español mexicano, más allá de delimitaciones básicas[2] y de las más respetables visiones perceptuales obtenidas en investigaciones con diferentes estratos de informantes (Morúa y Serrano 2004; Serrano 2009, ms.). A mi entender, puede concebirse como la proyección de un modelo dinámico con un frente de avance (el desplazamiento de las lenguas indígenas, proceso vivo desde el siglo xvi, pero frenéticamente acelerado a partir del siglo xix), una cauda de pérdida (en Estados Unidos, primero por escisión territorial, luego por migración) y un núcleo de homogeneización (la influencia del estándar capitalino sobre el resto del territorio). Estas tres cuestiones pueden ser polémicas y necesitan de más investigación; me gustaría, sin embargo, ampliar mi punto de vista al respecto de cada una de ellas.

            Que el desplazamiento de las lenguas indígenas no sea un hecho deseable y que cualquier persona sensata deba contribuir a la permanencia de las lenguas vernáculas no impide que, en la escala general (pues los casos específicos son muy diferentes entre sí, además de que existen no pocas iniciativas de importancia) el proceso de desplazamiento no se haya frenado. Desde el punto de vista científico, es urgente llevar a cabo más trabajos de bilingüismo tanto en comunidades tradicionales como en situaciones de migración (véase Guerrero 2006 para el contacto con el otomí; San Giacomo 2009, 2011, y San Giacomo y Peperkamp 2008 con el náhuatl; Torres 2012 con el tepehuano del sur en comunidades tradicionales; y Martínez Casas en prensa, para la inmigración urbana). Casi sobre decir que es muy discutible sostener una visión dialectológica sobre el llamado español indígena (Guerrero y San Giacomo en prensa), problema que requiere un enfoque de lenguas en contacto, aun cuando pueda haber rasgos regionales estabilizados que funcionan patrimonialmente (como en Mérida, cf. Michnowicz 2006, 2008, 2009, 2012; Rosado 2012).

            Frente a lo que se suele sostener en ciertos medios nacionales e hispánicos, me parece que, de nuevo en el saldo global, el español en general, y el español mexicano en particular, se comporta en el ámbito estadounidense como una lengua vernácula y minoritaria. De nuevo, sería necesario matizar cada situación particular, pero el entorno bilingüe parecería implicar un área caudal para el concepto histórico del español mexicano.

            Por fin, aunque existen ciudades de importancia regional, es claro también que el área de influencia de la ciudad de México llega a todo el país, produciendo la retracción de ciertos rasgos locales, la acentuación de otros (por desacomodación identitaria) y la producción de un estándar de valor hispánico. Muchos de los fenómenos sociolingüísticos más llamativos están motivados por el acelerado crecimiento urbano experimentado por el país en el siglo xx. En particular, la migración ha motivado una gran cantidad de situaciones de contacto dialectal y lingüístico. Las ciudades mismas forman una red de relaciones que bien puede estar en la base de la distribución variable de numerosos fenómenos lingüísticos: la megalópolis central; las áreas de influencia respectiva de Guadalajara y Monterrey; las ciudades fronterizas con Estados Unidos; las áreas turísticas pujantes (como Cancún o Puerto Vallarta); las ciudades claves en la historia lingüística del país (como Veracruz, Acapulco o Mérida).



[1] Entre los rasgos fónicos más conocidos se encuentran el debilitamiento vocálico y el consonantismo tenso en coda, la asibilación de r y rr, las soluciones tensas para las obstruyentes oclusivas intervocálicas, la fricativización de ch (fenómenos frecuentes sólo en ciertas zonas, desde luego); en el nivel sintáctico, la organización de los tiempos de pasado, la recesión del futuro morfológico, y el uso de se los y de hasta, son algunos de los procesos más comúnmente citados.

[2] Como las geográficas o como los datos censales (http://www.inegi.org.mx/), por mucho que estos sean los puntos de partida. Para algunos otros datos demolingüísticos, véase http://lef.colmex.mx/index.php/cursos-y-materiales/datos-demolinguisticos. El Censo de 2010, por cierto, señala una población total de 112 336 538 habitantes (54 855 231 hombres y 57 481 307 mujeres); ahora bien, de entre la población de tres y más años (104 781 265), se especifica que 6 913 362 personas hablan alguna lengua indígena.