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            Se han propuesto diferentes paráfrasis para dar una idea general del curso de los acontecimientos. Así, en uno de los pasajes más sugerentes de los Orígenes del español, Menéndez Pidal comparaba el cambio lingüístico con las hojas arrastradas por un río (cf. 1986, pp. 530-531). Algunas de las hojas son llevadas por el flujo central, mientras que otras, al deslizarse cerca de la orilla, avanzan más lentamente, sin que falten las que se detengan y queden varadas. Pero, al fin y al cabo, a todas lleva la misma corriente. El símil es afortunado, pues permite conciliar lo casi inconciliable: que el cambio lingüístico es regular y que cada palabra tiene su propia historia. Lo que no permite representar este modelo fluvial es que el cambio lingüístico es a la vez social e individual. Es individual porque los cambios terminan por provocar reestructuraciones en las gramáticas (las fonologías, para el caso) de los hablantes. Es social porque sólo podemos hablar de cambio lingüístico cuando se difunde a través de la estructura de la comunidad. Si se quiere, entonces, corregir la representación del modelo de cambio lingüístico, es necesario proporcionar algún recurso que nos permita considerar esta ambigüedad individual y social. Una manera simple es imaginar que el río pidalino es en realidad una especie de red, en parte descentralizada, aunque dotada de algunos nodos de especial densidad, a la que están conectadas numerosas terminales, algunas de ellas asociadas a su vez en forma de subsistemas más o menos complejos, que se conectan al flujo o corriente central para obtener materiales y ocasionalmente para subirlos, de modo tal que estas reconexiones permiten a cada terminal tener una mejor posición relativa que las de su entorno. De esta forma, al río primitivo se han sumado las terminales individuales, que gozan de autonomía, pero sólo de relativa libertad, pues ésta queda condicionada por la forma que pueden adoptar las operaciones de reconexión, hacia arriba o hacia abajo. Las operaciones de copiado serían en realidad metarreglas, pues harían referencia a las reglas lingüísticas (que, como se mencionó supra, pueden ser reglas regulativas, reglas constitutivas e instrucciones). El aspecto de tales metarreglas estaría próximo a ser un modelo débil (restrictivo, véase también supra) del cambio lingüístico[1].

            Ya se ha comentado líneas atrás algunas de las limitaciones formales de la teoría fonológica para dar cuenta de los problemas relacionados con la variación y el cambio lingüístico, así como algunas de las posibles soluciones técnicas. Quisiera referirme ahora al aspecto general que podría adoptar un modelo multidimensional y metarregular del cambio, a partir de la exposición de tres premisas y de cuatro hipótesis sustantivas, tres de las cuales se vinculan, adicionalmente, a diferentes tipos de evaluación optimal y una cuarta a la evaluación de la apropiación sociolingüística[2]. El modelo no pretende agotar todos los tipos de cambio fónico, pero sí pretende ofrecer un esbozo general de las relaciones entre forma y sustancia en el marco de una visión que toma la comunidad de habla como unidad de trabajo.

            Las tres premisas son las siguientes:

 

(5)

a. Premisa I: un modelo del cambio fonológico debe respetar los requisitos formales de la teoría fonológica general.

b. Premisa II: la multicausalidad no es en sí misma una explicación suficiente de los hechos, de modo que cuando se apela a diferentes causas es necesaria jerarquizarlas.

c. Premisa III: la explicación del cambio fonológico será, ante todo, la explicación de los procesos de cambio.

 

            La premisa I es simplemente la formulación de la generalización estocástica, es decir, establecer que los instrumentos fonológicos que se empleen en las descripciones, han de ser los mismos que en la fonología general. Además de las ventajas de la explicitud, implica sostener que los hechos fonéticos operan básicamente bajo las mismas reglas del juego que los estrictamente fonológicos, y por eso en diferentes partes de este libro se reiterará la idea de estar trabajando bajo esquemas fonético-fonológicos. La premisa II es de gran importancia para jerarquizar de forma metarregular los principios de trabajo expuestos a través de las cuatro hipótesis sustantivas que se presentan infra, en la medida en que se pide una ponderación de las causas posibles. La multicausación de Malkiel (expuesta en particular en varios trabajos publicados entre 1967 y 1977, recogidos en el fundamental volumen de 1983, pp. 227-319), ha sido una de las mejores maneras de resolver polémicas estériles acerca del cambio lingüístico, en especial cuando los datos son insuficientes:

 

There exists an extensive corpus of literature on the individual forces that are known to spring into action in the shaping of language. Depending on each researcher´s range of experience, catholicity of taste, and doctrinaire position regarding certain controversial matters such as the principle of teleology in evolution, he will incline to favor either external or internal factors, either the hypothesis of gradual improvement (under adverse circumstances, deterioration) of structure or the alternative hypothesis of mere regrouping of the structure’s constituents, either an explanation allowing for the intervention of speakers, at varying levels of consciousness, in the events affecting their speech or the rival explanation operating with unguided clashes of blind forces (1983c, p. 251).

 

            No había, en cambio, muchas explicaciones que se preocuparan por conjuntar los papeles de los factores aislados (cf. Zamboni 1988, pp. 109-114 y 189-196). Parte del proceso de conjunción tiene que ver, precisamente, con que los componentes de la multicausación necesitan ser ordenados para convertirse en verdaderos enunciados teóricos. Malkiel aborda el problema de la jerarquización de las causas especialmente en un trabajo publicado en 1977 (citado aquí como 1983d): una forma de ordenar los factores es seriarlos según la secuencia temporal en que actúan; otra, más problemática (pero más cercana a los planteamientos de la FVEM), es determinar su importancia relativa para asignarles un rango determinado.

            La premisa III, por fin, subraya la importancia de considerar los mecanismos del proceso de cambio (tanto lingüísticos como sociales) y no sólo los estados inicial y final. Las propiedades generales de los procesos de cambio son análogas a las de otros sistemas dinámicos complejos, y el papel estratégico de los hablantes se vuelve central. No se trata únicamente de suponer que sea conveniente considerar el proceso en aras de una mayor eficiencia descriptiva, sino de establecer que la explicación del cambio y los modelos que puedan formularse al respecto dependen de esta consideración.

Las cuatro hipótesis sustantivas pueden enunciarse en la forma que sigue[3]:

 

(6)

a. Hipótesis I (principio de la apropiación sociolingüística del cambio): toda variación lingüística tiende a ser aprovechable socialmente por cada individuo.

b. Hipótesis II (principio de la buena formación contextual del cambio): todo variación lingüística tiende a respetar el contexto.

c. Hipótesis III (principio de retracción): toda variación tiende a respetar los elementos vinculantes de un sistema de referencia.

d. Hipótesis IV (principio de la buena formación intrínseca del cambio):

 

            Por otra parte, la metarregla más general plantea que el modelo debe jerarquizar las cuatro hipótesis sustantivas en los términos de (7). Debe entenderse que no se propone a través de la jerarquía de causación que en todo proceso de variación y cambio fónico estén involucrados siempre todos los factores en juego, ni que su peso relativo sea siempre el mismo. Lo que se propone es que las cosas suelen ser así.

 

            (7)

El orden jerárquico de las hipótesis es I > II > III > IV.

 

            Es necesario detenerse a explicar qué suponen (6) y (7). La hipótesis I, o principio de la apropiación sociolingüística, defiende la idea de que ninguna de las explicaciones puramente lingüísticas acerca del comportamiento de los cambios fónicos puede ser satisfactoria para determinar sus causas. La razón última de los cambios fónicos es social.

Lo interesante, desde luego, es que a través de los estudios específicos es posible evaluar el principio de la apropiación sociolingüística. En el modelo de cambio y variación aquí esbozado el lugar más importante es ocupado por las condiciones sociales; la motivación última de esta perspectiva es simple: que las lenguas puedan cambiar no significan que lo hagan forzosamente. Tiene que haber una buena razón, o una serie de buenas razones, para que la comunidad decante una elección específica y la proyecte a lo largo del tiempo. Referirse a esas buenas razones implica resumir los hallazgos obtenidos por la sociolingüística en los últimos cuarenta años. Como no es posible llevar ahora a cabo esa síntesis, se proponen ocho enunciados de fundamentación social general:

 

(8)

a. Un cambio lo es cuando se difunde socialmente.

b. Todo cambio fónico tiene una dimensión social.

c. Todo individuo quiere ascender en la escala social.

d. Todo individuo quiere identificarse con un grupo.

e. Todo individuo quiere sacar ventajas de toda situación comunicativa.

f. Todo cambio y variación surge del contacto; nada procede de ningún sitio.

g. Todo cambio surge motivado por la convergencia.

h. Todo cambio surge motivado por la divergencia.

 

            En lo que toca a (8a), el aserto fue establecido ya por lo menos desde 1968 por Weinreich, Labov y Herzog, al asentar las bases para el estudio empírico del cambio lingüístico, en la medida en que los procesos de variación y cambio sólo pueden entenderse en la medida en que tienen eco en la comunidad de habla. El enunciado (8b) tampoco es nuevo[4], aunque probablemente genere más desacuerdos entre quienes enfaticen el peso de las causas internas. No sólo es un corolario obvio de (8a), sino que tiene un sentido sustantivo: puestos a buscar una causa última en la explicación de los cambios, habrá que rastrearla más allá de las estructuras lingüísticas. Piénsese que un sistema lingüístico no tendría por qué cambiar por sí mismo, pues es difícil imaginar una lengua natural que no funcione óptimamente (supra) o que tenga la capacidad de autorregularse, como si tuviera una vida autónoma de sus hablantes. Y si un sistema funciona óptimamente, las razones del cambio tienen que estar fuera de él, más allá de la estructura lingüística, sin que quede impedido, desde luego, que las lenguas condicionen después fuertemente los caminos transitados por los cambios fónicos. La causa sociolingüística aporta la razón necesaria.

Los enunciados (8c) a (8h) sintetizan hallazgos básicos obtenidos por la suma de numerosos estudios empíricos llevados a cabo en el último medio siglo, como motivaciones comunes a las que apuntan las necesidades de los hablantes en la práctica del comercio lingüístico cotidiano (supra): la obtención de una posición deseable en el entorno social (8c); la identidad con grupos de diferente tamaño y constitución (8d); las ventajas deseadas y perseguidas por cada persona en cada intercambio comunicativo (8e); la importancia del contacto de variedades como fuente para la variación (8f), trátese de otras lenguas o de otros dialectos, en diferentes tipos de contactos que pueden desenvolverse no sólo en el espacio, sino en el roce entre grupos sociales o como efecto del transcurso del tiempo (presencia de elementos remanentes de sistemas pretéritos, innovaciones de las generaciones jóvenes y una larguísima serie de posibilidades); la manera en que este principio de contacto (o versión lingüística del parmenídeo ex nihilo nihil fit) se manifiesta a través del acercamiento a los demás (8g) en busca de la integración en el grupo o, paradójica pero complementariamente, del alejamiento, la segregación y el reforzamiento de la identidad propia (8h), ambos al servicio de la (des)acomodación lingüística, tan fructífera para entender las motivaciones de los hablantes a la hora de adoptar o rechazar determinadas decisiones lingüísticas. La lista podría aumentarse, pero el punto central es el que fundamenta la idea de que el cambio lingüístico se comporta de la misma manera que otros sistema dinámicos complejos: pequeñas decisiones en puntos diferentes del mercado lingüístico, siempre en la dirección en que el hablante cree en ese momento más oportuna para apropiarse sociolingüísticamente de la situación, terminan teniendo grandes consecuencias cuando se transmiten a través de los focos de referencia (los líderes del cambio) por la red social y se consideran a medio y largo plazo. Y tal realidad exige una metodología específica, relativa a la manera en que se acopian los datos, se analizan y se integran en modelos matemáticos ad hoc, no muy diferentes a los que regulan el tránsito en una ciudad, a los que explican los accidentes o a los que dan cuenta de las epidemias o de los cataclismos económicos (piénsese en las paráfrasis tradicionales, que no modelos en sentido estricto, para describir los cambios lingüísticos, desde el viejo modelo de ondas en adelante).

            Todos estos planteamientos deberían haber hecho ya evidente por qué el principio de la apropiación sociolingüística ocupa el lugar más elevado en la jerarquía de (7), por encima de cualquier otro factor lingüístico. Si se me permite el juego lingüístico, podría decirse que la primera y la última palabra la tienen los hablantes, a fin de cuentas; en mi opinión, son tantos los hechos que corroboran esta visión del cambio, que el verdadero desafío sería demostrar lo contrario. Suscribo enteramente lo que en realidad ya han dicho otros:

 

No empirical study so far carried out has actually demonstrated that sound change can arise spontaneously from within a variety; if this is correct, it can be suggested that to believe in wholly internally-motivated change (perhaps labelled as ‘genetic’) is more an act of faith than an affirmation of scientific principle (Milroy 1999, p. 24).

 

            Las hipótesis sustantivas II, III y IV aportan el nada despreciable papel de los datos lingüísticos, aunque queden por debajo de I en la escala de (7). En efecto, el principio de la buena formación contextual del cambio, el principio de retracción y el principio de la buena formación intrínseca del cambio esbozan las herramientas necesarias para dar cuenta por lo pronto de todos los procesos discutidos en el volumen I de la FVEM; probablemente, estos principios deban ampliarse o complementarse al llegar al volumen III, momento en que será necesario referirse al papel de la analogía morfológica[5] y de la difusión léxica como desencadenadores del cambio fónico. Por el momento, sin embargo, es suficiente con ellos[6].

            Que habrá que ir más lejos es algo que puede desprenderse de la teoría basada en el uso, defendida por Bybee en varios trabajos, pues ésta permite el tránsito entre los aspectos externos e internos del cambio lingüístico, al defender que la estructura se crea cuando la lengua se usa. Como en otros sistemas complejos, la estructura sistemática del lenguaje se encuentra en continua evolución a través de la aplicación de procesos durante múltiples eventos de uso. La gramática, como organización cognoscitiva del lenguaje, emerge, más que estar fijada. La capacidad de crear sistemas lingüísticos por medio de categorizaciones, analogías, automatizaciones neuromotoras, generalizaciones semánticas e inferencias pragmáticas deriva de las capacidades neurocognoscitivas innatas; se trata de capacidades generales que también se usan para crear el lenguaje. La hipótesis es que no hay necesidad de postular universales lingüísticos innatos, sino que las similitudes translingüísticas pueden explicarse por medio de la interacción de un pequeño número de mecanismos de cambio (2008, p. 110):

 

First, sound change, realized as gradual phonetic change, takes place in words and permanently affects their representation. Thus variants are associated with particular words, phrases, or morphological categories. Second, marginal or infrequent variants of words are lost, given the phonetic categories a limited range of variation. Third, phonetic change continues to progress, taking the changed variants farther away from their original source. This entails the establishment of new neuromotor routines that are not necessarily dependent upon the phonetic context. It also qualifies the new variants perceptually for phonemic contrast, should the occasion arise. This scenario, then, explains how and why "word-level" phonology develops and why such phonology usually involves segments and features that are used usually contrastively. However, it also explains how and why intermediate cases develop (ibid., p. 120).

 

            Como puede observarse, este modo de ver las cosas concede un papel central al nivel de la palabra (cf. Ewen y van der Hulst 2001), y a su carácter frecuente o no, como desencadenante de generalizaciones y de rutinas automatizadoras (cf. Bermúdez-Otero 2007, pp. 512-516; Coetzee 2009a, 2009b; Coetzee y Kawahara 2011). El contexto iría rebajando su importancia según avanza el proceso de cambio. Aunque, como se ha dicho, la analogía y la difusión léxica se analizarán en más detalle en el vol. III, debe aclararse en este momento que, a mi juicio, los hechos empíricos no apoyan plenamente la perspectiva desarrollada por Bybee en diferentes trabajos (en especial en 2001), pues en numerosos procesos de variación y cambio fónico, incluidos los descritos en este primer volumen de la FVEM, la difusión léxica y la analogía, incluidos en esta última los factores funcionales, tienen un papel más bien modesto. Insisto, en cualquier caso, en que el modelo presentado ahora no estará completo sin los procesos difusivos y analógicos, pero mi impresión general es que todos ellos son componentes de un modelo más general, sin que ninguno por separado agote las posibilidades brindadas por los cambios fónicos (punto de vista que entronca con las propuestas más antiguas sobre el cambio).

            Debe observarse, en un sentido laxo, que las hipótesis lingüísticas mencionadas supra hacen simplemente referencia a algunas de las fuerzas que tradicionalmente se han mencionado como motivadoras de la variación y el cambio fónico, en especial en lo que toca al cambio fónico regular: el efecto del contexto, el papel de un sistema de referencia y la naturalidad articulatoria y tipológica de los caminos adoptados. De nuevo, son numerosísimos los trabajos de variación fónica que han empleado diferentes factores contextuales, como la posición en la sílaba y en la palabra, el tipo de consonantes y vocales contiguas, la ubicación con respecto a las pausas, los acentos y los movimientos prosódicos, la armonía de sonidos a mayor o menor distancia, etc., y es raro el proceso fónico en que alguno o algunos de estos factores no tienen un cierto papel o incluso un papel preponderante entre los hechos lingüísticos, de manera que se producen asociaciones, disociaciones y condicionamientos de diferente tipo entre un segmento y su contexto. Es posible, incluso, que el principio pudiera reducirse a una sola regla regulativa (supra) del tipo 'Asocia o disocia [X] a [Y]', que cubriera incluso los casos de elisión e inserción de elementos[7], lo que supondría en buena medida reducir la aplicación del principio a la búsqueda de efectos del principio de contorno obligatorio (pco), probablemente entendido como condición de contorno probable (ccp, cf. Guy y Boberg 1997), o a través de restricciones de tipo agree. En cualquier caso, como es necesario precisar las gradas fónicas en que el efecto es pertinente, así como su carácter léxico o postléxico, por lo pronto parece preferible no poner demasiadas limitaciones y considerar que la acción contextual puede describirse a través de restricciones fonético-fonológicas probabilísticas (estocásticas) sobre la conformación del output, es decir con restricciones de marcación o buena formación contextual, tales como las catalogadas en (3) para los fenómenos estudiados en el vol. I de la FVEM.

            La apuesta de la jerarquía de (7), por otra parte, no es que se trate de una familia de factores pertinentes para dar cuenta de la variación fónica (lo que no parece necesitar de muchas demostraciones), sino que entre los factores lingüísticos el más importante es precisamente el que establece el principio de buena formación contextual. Aunque no es posible resolver en este momento tal cuestión, y debe quedar apuntada sólo como hipótesis, es importante dejar claro que es, en primer término, una cuestión empírica, y que la veracidad relativa a la importancia de la tendencia depende de reconsiderar una muestra de casos descritos detalladamente en un conjunto representativo de lenguas. Como se comprenderá, tal exploración va más allá de los propósitos y posibilidades de la FVEM, pero, en mi opinión, en un primer balance cualitativo referido sólo a la variación fónica del español, me parece que el saldo resulta favorable a la ordenación de causas que se está proponiendo[8].

            El tercer factor general y segundo de entre los lingüísticos es el llamado principio de retracción. La retracción de un proceso de cambio conduce a la recuperación o al menos la retención de relaciones establecidas en un sistema lingüístico de referencia diferenciado del propio vernáculo, sea en el tiempo o en el espacio, de forma que se producen distribuciones propias de la variación estable o incluso el cambio lingüístico se encamina en sentido contrario al seguido hasta un momento determinado (aunque no necesariamente siguiendo los mismos mecanismos: por ejemplo, los resultados de un proceso pueden avanzar mediante regulaciones fónicas, pero retroceder por difusión léxica). El fenómeno tiene una dimensión social (cobijada en el principio de apropiación sociolingüística ya expuesto) y una dimensión lingüística, que es a la que conviene referirse ahora. Los procesos de retracción, por otra parte, parecen moverse de uno en uno, es decir, a través de una sola regla fónica o a través de un solo cuerpo léxico específico, y me parece mucho menos verosímil la idea de que el llamado equilibrio del sistema provoque cambios que tiendan a reajustar los cambios para mejorar la eficiencia del sistema mismo, pues equivaldría a decir que se adopta como referencia un modelo futuro (y no simplemente uno pretérito o uno paralelo). En mi opinión, ya expresada, el equilibrio del sistema es más un efecto del método analítico, que tiende a reconstruir sistemas simétricos, económicos formalmente, y que es quizá útil para describir cambios de estado en descripciones diacrónicas, que un hecho demostrado acerca del comportamiento de los procesos de variación y cambio (recuérdese la premisa III de 5c). En todo caso, si es que esta acción equilibradora existe, podría verse también, en lo esencial, y aunque pueda parecer extraño, como un proceso de retracción, pues implica de todos modos que los reajustes se producen por la acción de un sistema de referencia (cuyo efecto o ventajas deberían percibir los hablantes de alguna manera, a través de dividendos supuestamente pagados por el rendimiento funcional martinetiano, a no ser que se confíe ciegamente en que las lenguas son sistemas autorregulados que tienden a la armonía estructural, confianza que no comparto mientras no se demuestre en el análisis de procesos).

            La descripción del movimiento satelital que significa atender a un sistema de referencia necesita precisar cuidadosamente el aspecto lingüístico en realidad considerado, es decir, aun tratándose de fenómenos puramente fónicos, si se trata de modificaciones expuestas en el ámbito del segmento visto en bloque o si se trata de un nodo o de un rasgo terminal dentro de un segmento o de una familia de segmentos. Obsérvese que si es que el llamado equilibrio funcional tiene algún efecto claro, este consistiría esencialmente en establecer un reparto equitativo de las configuraciones geométricas de los miembros de un sistema fónico, lo cual es, ante todo, un efecto paradigmático. Precisamente, otra cuestión interesante —en la que no voy a entrar ahora— es si cabría sumar a este motivo paradigmático otros hechos también básicamente paradigmáticos, como la analogía morfológica y la difusión léxica.

            En términos formales, la acción de un sistema de referencia sobre las formas vernáculas puede expresarse a través de una adaptación de las restricciones de fidelidad, que condicionan las relaciones entre el input y el output, como las expuestas en (2) para este volumen de la FVEM. Es importante entender que a los efectos de los problemas vinculados al cambio lingüístico, el input no se limita a vaciar los miembros de un lexicón abstracto, sino que procede de una fuente de referencia dotada de realismo social. Esto es una condición indispensable para organizar una fonología variable: de la misma manera que las restricciones fonético-fonológicas son generalizaciones estocásticas sobre el comportamiento de una comunidad específica, y que existen no uno sino varios candidatos válidos, el lexicón es un componente formado por piezas fruto de la arquitectura histórica de una lengua.

            De nuevo, es una cuestión empírica establecer si el principio de retracción tiende a presentarse en el nivel jerárquico con que se presenta en (7). Dada la cantidad de procesos históricos que han tendido hacia la estandarización, dada la cantidad de procesos debidos al contacto entre variedades, y dada la gran cantidad de fenómenos de desdialectalización que hoy en día se ven por todas partes, me inclino a pensar que, como mínimo, no se trata del factor menos importante, pero requerirá de estudios más detallados que la formulación de la hipótesis que ahora se realiza.

            Por fin, el principio de la buena formación intrínseca del cambio considera la naturalidad fónica de los procesos llevados a cabo y de los resultados obtenidos, por lo que de nuevo supone hacer referencia al aspecto del output, por ejemplo a través de las restricciones que se proponen en (4) para los procesos discutidos en este volumen de la FVEM. Sin negar su importancia y su papel, la jerarquía de (7) apuesta por la idea de que se trata de la familia de condicionamientos relativamente menos importantes. La perspectiva general es que existirían ciertas vías por las cuales es más natural que transiten los cambios fónicos. Así, el sentido común dice que sería más probable encontrar un deslizamiento de la zona labial hacia la coronal, que no de la zona labial hasta la dorsal en un solo paso; sin embargo, improbable no es imposible, y así en skikun, un dialecto atayal hablado en Formosa, se documenta [p] → [k] y [m] → [ŋ] (cf. Labov 1996, pp. 655-657). De la misma manera, puede esperarse que en el área propia de los sonidos coronales anteriores haya en general más variación, dado el espacio brindado por el paladar. Si se considera el listado de rasgos pertinentes (infra) y se piensa a continuación en los procesos de variación y cambio registrados histórica, dialectal y sociolingüísticamente en español, por no hablar de otras lenguas, la mayoría de los nodos y los rasgos terminales, por no decir todos, resultará que se habrán visto involucrados en al menos algún proceso variable. Aunque una vez más es un problema empírico, no es fácil establecer cuáles son los sectores relativamente estables y cuáles los relativamente inestables, y vincular estos hechos con generalizaciones articulatorias y tipológicas, así como con otro tipo de fenómenos, como los malentendidos naturales (Martín Butragueño 2000). Es además delicado establecer la lectura conveniente de un proceso, por natural que éste parezca. Así, el debilitamiento de /s/ en coda, tan común en español, parece moverse a través de un mecanismo de regla regulativa, pero en gondi, lengua dravídica del centro de la India, en la que también se documenta la aspiración y la elisión de /s/, el proceso se desenvuelve a través de un mecanismo de difusión léxica (Krishnamurti 1998). Como señala Blevins (2004), toda lengua hablada se caracteriza por un amplio rango de variación fonética, parte de la cual es específica de la lengua, mientras que otra parte queda determinada por las propiedades físicas del aparato vocal (pp. 7-8). Tan importante es la consideración de la fonología evolutiva, que la premisa central del enfoque, que establece que "principled diachronic explanations for sound patterns have priority over competing synchronic explanations unless independent evidence demonstrates, beyond reasonable doubt, that a synchronic account is warranted" (ibid., p. 23), tiene como consecuencia la idea de que las restricciones de buena formación deben escindirse de las gramáticas sincrónicas (id.).

PMB



[1] Para un desarrollo de la cuestión de los mecanismos sociales del cambio lingüístico, cf. Martín Butragueño (2003).

[2] Una versión previa del modelo expuesto en las páginas siguientes aparece en el cap. del libro Variación lingüística y teoría fonológica. Como se podrá apreciar, sin embargo, son numerosos los aspectos que se han modificado.

[3] Me parece que la propuesta es básicamente compatible con las cuatro preguntas que según Anttila (2007) debería responder una teoría fonológica de la variación: "a) Why does variation occur in this environment as opposed to others? b) What determines the phonological shapes of the variants? c) What determines the quantitative preferences among the variants? d) What is universal and what is language-particular about this pattern?" (p. 520).

[4] Tal como se observado en diferentes ocasiones, “diachronic variation results from social variation and is inconceivable without it” (Penny 2000, p. 5).

[5] Quedaría incluido en la analogía el posible (y nada claro) efecto de los factores sintácticos —categoriales, funcionales o posicionales— sobre el cambio fónico. Para el papel de las presiones paradigmáticas en fonología, véase Pons Moll (2010).

[6] La noción de "aprendizaje imperfecto" (en la tradición de Halle 1962) se sigue defendiendo en especial como base para el cambio analógico y, de la mano de la fonología léxica, para explicar el cambio por difusión léxica (Kiparsky 1995, 2008).

[7] Cf. en todo caso los comentarios de Kiparsky (1995, pp. 660-662) sobre la proyección de los tipos de asimilación al cambio fónico.

[8] El autor de estas líneas está trabajando en este momento en poner a prueba la jerarquía de (7) mediante los hechos variables descritos en el primer volumen de la FVEM, en una investigación en principio independiente de este texto. Aunque se trata de un subconjunto de entre los problemas de variación fónica posible, confío en que se trate de un primer paso para poner a prueba la concepción del cambio fónico que se está exponiendo.